lunes, marzo 31, 2008

Carta de Nelson Hernández, director de la DGI a Francisco “Paco” Casal, dueño del fútbol.

Paquito:

Sos un reverendo hijo de puta. ¿Por qué destruís así una amistad de años? Vos sabés todo lo que te quiero. Que desde aquella vez que mi mamá me llevó a jugar a tu casa nuestras vidas quedaron entrelazadas para siempre. Que, aunque nunca me querías prestar el muñeco de Tarzán, yo te re bancaba. Es que pasamos tantas cosas juntos…dicen que los buenos amigos están en las buenas y en las malas. ¡Y si habré estado yo en tus peores momentos! Cuando falló el tiro a Gabito, ¿quién estaba para consolarte? ¿Y cuando echaron a Figueredo de la AUF? ¿Quién, eh, quién? Sabés que nuestro amor es incondicional, y que no es de ahora, que lleva años. ¿Te acordás cuando teníamos diez años y fuimos a pescar, y te clavaste el anzuelo en la pierna? ¿Quién te escupió saliva y te apretó fuerte para que no te sangrara? Yo. Y cuando el peluquero te intentó hacer un peinado como la gente, ¿quién estaba ahí para cagarlo a palos, y decirle que no podías perder tu estilo? ¡Papá, papurri estaba!

Y ahora a vos se te ocurre empezar toda esta paparuchada. Cómo es eso de vení que te demando…que te hago un juicio…que me debés plata…que nunca te pagás un asado… Parece mentira, pero la plata destruyó nuestra amistad. Fue como ese jueguito del salvavidas. Preferiste a tu otro amigo, al billetito antes que a mí. Y me dejaste sólo, como un idiota, adelante de toda la gente…una barbaridad.


Yo sé dónde empieza todo esto. Por qué tomaste esta actitud tan agria. Fue por la discusión del otro día, ¿no? Qudaste calentito, ¿no? ¿Por qué? ¿Porque te dije la verdad? ¿Porque te dije que era una guachada eso de traer miles de estrellas a Penadoy y nada a Nacional? Si es la verdad…sos una mierda, tirás siempre para el mismo lado. Igual mi intención no era ofenderte. Yo sólo te dije que me parecía que podrías haber traído algún pibe pa mi cuadro, no sé, un Chino Recoba, un Gianni Bismark Guigou, una estrella así. No daba para que te pongas así, como una loquita, y demandarme.

Mirá que le voy a decir a Mario que escriba otro libro y cuente toda la verdad, ¿eh? Que cuente cuando te metiste con la esposa de Schelza, o que para motivar a Carlitos Bueno le decís que si hace goles le das una pasadita de merca. Mirá que yo sé muchas cosas, ¿eh? Que sé muy bien que te gusta usar tanga de leopardo, y de esas bien chiquitas. Mirá que sé mucho yo, ¿eh? No te olvides que desde chiquito compartimos mucho vestuario en el club…

Pero prometo no decir nada si haces dos cosas. Una, obviamente, echate pa atrás. Decí que no sé qué…que me equivoqué…que en realidad ahora que hice las cuentas, me dan perfecto…que no me importa que me investiguen…que voy a pagar todo lo que sea necesario…un verso así. Y otra, por favor, pasame las boletas de las empresas panameñas que tenemos juntos, que no sé porqué no me están llegando. Es la gente del correo, que son unos incapaces. Dale, pasámelas que tengo que hacer unas cuentas y si no estoy perdido como ciego en orgía.


Bueno, valor, por favor, ponete en contacto conmigo. Atendeme al teléfono, algo, no sé, llamame, pasá por casa, no sé. Tenemos que hablar, esto no puede seguir así.

Loco, que pases bien, un abrazo

Nelson

miércoles, marzo 12, 2008

Bob Dylan también lo sabe, pero Bob es muy discreto, no dice nada


Muchos de ellos esperaron diez años para ver a un gran cantante. Otros fueron por invitación o moda. Yo ni lo uno ni lo otro. Esperé toda mi vida por sentir lo que, supongo, la gente siente en la preadolescencia. No sólo ser fanático de un músico, o una banda. No sólo tener todos los discos. No sólo ir a todos los recitales. No sólo tener camisetas con su cara. No sólo escribir su nombre con aerosol en las paredes de las casa de la ciudad. Yo esperé toda mi vida por un músico con el cual identificarme, alguien que comprenda el mundo con una óptica más o menos parecida a la mía (en el acierto o en el casi error), o mejor aún, alguien que sienta (de sensibilidad) el mundo con un corazón más o menos parecido al mío.

Hace algunos años estaba sentado en la mesa del comedor con mis primos y un tío. Mi prima dijo: “Hay uno de los Calamaro que es bueno. No sé cuál de los dos, pero hay uno que es tipo un crack, y tiene canciones re buenas. Es el de esa, Sin documentos, Mi enfermedad, Te quiero igual, esas canciones re lindas”. Intervine: “Ese es Andrés. Después está el hermano, que es Javier, que es bueno también, pero no tanto”. Cuando terminé el postre (una manzana), me fui caminando a mi casa pensando en que, por ahí, ese tal Andrés Calamaro, del cual sólo conocía un par de temas, verdaderamente podía ser bueno. ¿Por qué no?

Salteando varios pasos, un buen día escuché Media Verónica (Alta Suciedad). Ese era un llanto como el mío. Una serie de palabras que no comprendía del todo, de sonidos que no me eran tan armoniosos, pero que me hacían vibrar por dentro. A mucha gente le pasa eso cuando escucha música clásica por primera vez. Bueno, fue algo así, como que algo despertaba, que florecía. Que había tierra a la vista.

Calamaro se transformó de a poco en aquel referente, en aquella pieza del rompecabezas adolescente que no encontraba en ningún cajón, debajo de ninguna media. Ese “yo poeta” en potencia, en una potencia que no se concretaría jamás, y eso era lo atractivo. De pronto me di cuenta de que, muchos años antes incluso de que yo naciera, un joven argentino tocaba el mundo con mis mismas manos. Y que todo este tiempo había estado ahí, esperando, agazapado. Esperando no sé qué, ni porqué, pero estaba esperando.

Calamaro compuso la banda sonora de mi vida. Yo creía que la había hecho absolutamente consciente de mi existencia, y de los pasos que daba, para no errar un solo acorde. Pero resulta que no, que millones de personas en todo el mundo sentían (y vuelvo a lo mismo) el mundo como yo. Gente con vidas tan distintas a la mía, incluso la vida de Calamaro era tan distinta a la mía. Gente con gustos, con almas, con costumbres quizá opuestas. Pero sin embargo, todos ellos (digo, nosotros) sentíamos el mundo de la misma manera. Que, en una de esas, todos cargábamos en nuestra alma con una parte de lo mismo. Que a todos nos desgarraba (y no sólo no exagero, sino que pido un minuto al lector para que comprenda bien la intensidad de lo que describo) gritar en el Charrúa, con los brazos extendidos para hacer más explícito el dolor: “No te preocupes, Paloma”.

Lo fantástico de aquella noche es que no estábamos solos: estaba él ahí. Estaba Andrés Calamaro, quien también mostraba cómo le dolía, cómo se desgarraba al recitar: “No te preocupes, Paloma”. Por primera vez lo pude VER retorcerse, gemir, pude sentir su dolor, que siempre había sido sonido y ahora era también imagen. Imagen en vivo, en tiempo real, a diez metros.
Ese era el modo de sentir el mundo. Que ya no era MI sentir, ni siquiera era MI mundo. Era el sentir de 18 mil personas, tangibles, y el mundo real.