La verdá de la feiná
Este post, tiene un compromiso social fortísimo. Está absolutamente alejado de la frivolidad que solía, en tiempos remotos, caracterizar a este blog. Hoy, yo, El Preso Crático, orgullo de mi país, voy a demostrar que a los uruguayos (conjunto de habitantes que viven cerca de Argentina) no les gusta el fainá.
Si realmente se tratase de un producto agradable para nuestras papilas gustativas (no estoy hablando en griego, “papilas gustativas” es castellano. Lo juro.), no lo pediríamos “de orilla” (u orillo) esperando una pequeñísima porción, sino que exigiríamos grandes cantidades. Como pasa cuando vamos a la heladería y miramos, con esperanza primero y con odio después, a la heladera (en el sentido humano de la palabra) que sirve poco helado. O cuando pedimos fritas, y nos traen solamente un puñado.
El 99,9 % de los seres humanos pedimos el fainá “finito, por favor” lo que ya demuestra que algo anda mal. Es muy raro escuchar a alguien pedir una porción (y eso que odio la palabra “porción”) “finita” de torta de chocolate. Al menos que se trate de rubias, o gente que ya se partió la boca con los salados. Porque al hombre, así de político como se lo ve, le encanta empacharse como un cerdo con los manjares (y no tanto) que se le ofrece. Y entonces, pero sólo entonces, le pide al mozo “si no es tan amable y me envuelve las sobras”.
Obtener, de la misma cantidad de dinero, el máximo beneficio (aunque sea un cacho de fainá frío y aceitoso) forma parte de la tradición nacional. Yo entiendo que hace rato que no vivimos en el país de la Pepsi a diez mangos, pero podríamos eliminar esto de nuestra lista de acciones atrevidas que componen el Manual de la viveza criolla.
Ahora bien, lo que sí es rico es esa lámina fina de pasta amarillenta-negrusca (que vaya a saber uno con qué la hacen) carbonizada y salada. Pero, al fin y al cabo, si algo tiene que estar totalmente chamuscado y salado no debe ser tan agradable. Nada que necesite de los errores humanos puede ser tan agradable.
Hasta aquí llegó mi labor. Me atreví a decir lo que todos piensan, pero por miedo a represalias militares, no dicen. Ese inconsciente colectivo que a todos nos involucra. Y me convierto, entonces, en paladín de la justicia, en héroe patrio, en la voz del pueblo, en el Mujica de la gastronomía, y viva el Partido Nacional, carajo!



