Hoy no puedo, tengo que ver los Oscar
Sala de espera de hospital. Ya voy bajoneado porque espero que me digan que tengo cierta enfermedad terrible de la cual me podré salvar sólo con una semana de reposo y carísimos brebajes. Además, la espera en la mínima y calurosa sala es eterna. El niño que habla sin parar y corre por los pasillos, la señora que apesta, el anciano de bastón que se duerme y el empresario que discute con la enfermera porque “tiene que volver a la oficina a las 6 y no tiene toda la vida para esperar a que lo vea el doctor”. Me olvidé del celular y sólo me queda chusmear, de reojo, lo que lee la monja que está sentada al lado de mí: la Biblia.
Pensaba que eso era aburrido. Pero me di cuenta, más vale tardísimo que nunca, que hay otra cosa muy tediosa: la ceremonia de entrega de los Oscar.
Seguramente yo sea un ignorante que no entiende nada y tenga un sentido del humor totalmente proletario, pero no le encuentro ningún atractivo a esa maldita noche. No me hacen reír ni los ingeniosos chistes de “las estrellas” a la hora de decir los nominados, ni los intelectuales monólogos de los presentadores. Ya sé que la voz de la traductora mal superpuesta al audio original no ayuda mucho, pero igual no los entiendo. O los entiendo pero no me gustan, qué sé yo. Lo trataré con mi psicoanalista.
Lo cierto es que me siento realmente como un imbécil. Toda esa gente de traje riendo a carcajadas porque Whoopi Goldberg dijo: “Oh, creí que Jessica vendría, pero se olvidó el vestido”. Y Steven Spielberg se para a aplaudir y yo me quiero morir por ser tan gil. Hasta la traductora se tienta. Soy un gil. No sé bien por qué, pero debo ser un gil.


Perdón, y mil veces perdón, compañeros orientales, por haber desertado, inconscientemente, de la primer batalla librada entre nuestra fiel infantería y la de los enemigos de las Provincias Unidas del Sur.